miércoles, 30 de septiembre de 2015

Tenemos grandes herramientas y mucha tecnología, pero para qué las queremos



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No todas las épocas de la historia de la humanidad han servido al progreso. Los ejemplos de “retroceso” son incontables. La nuestra, la que empezó en el siglo pasado y en éste se muestra imparable, sin embargo, significa en lo tecnológico y en la cantidad que medios con los que contamos un salto que nunca antes se ha dado. No los enumero. Sólo hace falta darse una vuelta por una vivienda media (ojalá no desaparezcan) y constatarlo. En comparación con cómo vivían nuestros abuelos, en su nada bucólica vida rural, nos percatamos de lo que está sucediendo. Nos llenamos de cosas e instrumentos que nos hacen la vida más fácil y cómoda. Si tuviésemos que retroceder cien años, a buen seguro nos costaría llamar “hospital” a lo que entonces había, y nos plantearíamos mucho ir de viaje, conocer mundo. Creo que no me engaño.
Sin embargo, en la inundación tecnológica que vivimos, falta no pocas veces las pregunta para qué. Ya intenté la pregunta en relación a nuestra presencia en las redes sociales. Hace poco me encontré, leyendo la biografía de Unamuno, con planteamientos similares en relación al aplastante -y ennegrecedor- progreso de Bilbao. Ayer, con David Adams, y su defensa de la Cultura de Paz, me venía una y otra vez la misma pregunta. ¿Sabemos dónde vamos? ¿Por qué no tomamos suficiente consciencia de que se puede vivir de otro modo?
  1. La era de la información. Nunca antes en toda la historia las personas tuvieron acceso a semejante cantidad de información para estar al día, de posibilidades culturales y formativas de gran calidad. En muchos ordenadores existen bibliotecas que no cabrían en las casas de sus dueños. Infinidad de personas se esfuerzan por crear pensamiento, reflexión en blogs a los que dedican tiempo de calidad. Cualquiera con su móvil tiene capacidad de convertirse en periodista por un día, de algo importante. El flujo de información no cesa de crecer.
  2. La era de la comunicación. Relación, contacto. Ayer escribía sobre la posibilidad de la amistad digital y por la tarde, chateando con un amigo -al que también conozco en persona y con quien he compartido no pocas tardes-, nos planteábamos que está en nuestra mano internacionalizar las relaciones, globalizarlas. Jóvenes que crezcan sintiendo aprecio y estima por otras personas alejadas en el globo. Eso despertará no pocas inquietudes dormidas. Es una oportunidad de oro.
  3. La era de la realidad enriquecida. En mi cabeza, lo virtual ha desaparecido. Imagino, sin embargo, que ya existen herramientas a nuestra disposición para enriquecer el mundo de otro modo. Por ejemplo, visitar una ciudad y en determinados puntos ampliar la historia, contar algo, narrar lo que sucedió.
  4. La era de las comunidades. Proyectos de una complejidad espectacular, que requerirían que los grandes sabios y expertos se juntasen con frecuencia e intercambiasen logros, que dividiesen su trabajo, está al alcance de nuestra mano. Ya lo hemos logrado. No es quimera. Se han generado comunidades de científicos repartidos por todo el mundo que colaboran con precisión en un mismo objetivo. El avance de determinadas ciencias, pese al retroceso de países como España en investigación y desarrollo, sigue adelante de forma imparable.
Pero los retos son enormes todavía. La tecnología sigue siendo ambivalente. Y junto a todo esto se da en las sociedades desarrolladas un crecimiento social de la soledad que resulta muy paradójico e incomprensible, la tecnología de última generación continúa muy vinculada a la industria de la guerra, la competitividad inhabilita a los pueblos para acercarse y los grandes cerebros se venden por cantidades astronómicas a empresas de gran capital que monopolizan todo, los jóvenes cada vez más formados se sitúan con mucha dificultad en el mundo laboral y se resiente toda su desarrollo natural…
Dicho lo cual, me inquieta plantearme para qué queremos tanta tecnología. De verdad que no tiene nada que ver con un rechazo del progreso y del desarrollo. No es esto. Pero pienso que “no se debe dar un arma a un niño”, poco preparado, sin consistencia, sin formación, sólo por el hecho de que está ahí y tiene que vivir con ello.

Una Verdad Incómoda

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Una verdad incómoda “An Inconvenient Truth”. 2006. Estados Unidos. 96 min. Director: Davis Guggenheim. Guión: Davis Guggenheim, Al Gore. Reparto: Al Gore.

Documental sobre los efectos devastadores del cambio climático. El ex-vicepresidente norteamericano Al Gore muestra un contundente y preocupante retrato de la situación del planeta, amenazado por el calentamiento global provocado por las ingentes emisiones de CO2 por parte de la acción del hombre. Un documental cuya leyenda reza: “De lejos la película más aterradora que verá jamás“.

Misión: Salvar la tierra (y a nosotros mismos, de paso), así podría llamarse también esta película. Este documental nos hace ver claramente el serio problema que supone el cambio climático, donde los gobiernos deben cambiar esta situación, dejando a un lado el beneficio individual y pensar en el planeta. Países como EE.UU o China, principales contaminantes del planeta, deben cambiar su mentalidad, pero no solo ellos, sino que todos debemos contribuir. Cualquier gesto es bueno; utilizar bombillas de bajo consumo, un mayor uso de las energías renovables o separar la basura para reciclar son pequeños gestos fáciles de hacer en los que todos podemos contribuir.

La herramienta más poderosa que tenemos para provocar grandes cambios o mejoras es la educación. Si no sabemos que existe un problema es imposible combatirlo o ponerle remedio. “Una verdad incómoda” tiene un componente divulgativo muy potente, pero no por ello deja de ser entretenida y fácil de entender. Todos ellos son elementos importantes para que su mensaje cale entre nuestros jóvenes, porque si ellos toman conciencia de la gravedad del problema serán los que tendrán en su mano resolverlo. Ellos son los próximos presidentes del gobierno, directores de empresas de energía o simples ciudadanos que juntos marcarán el devenir del planeta.

Los objetivos a trabajar con ellos en esta película documental eran; Primero, informar sobre el cambio climático y sus consecuencias a nivel global y local. Segundo, concienciar sobre la importancia y seriedad del problema. Y por último el más importante, fomentar un pensamiento y una línea de actuación ecológica. Tener en cuenta que lo que hagamos perjudique lo menos posible el medio ambiente y sea de una manera sostenible.

Hay que decir que era una apuesta arriesgada para nuestro foro de cine ya que en su mayor virtud reside también su mayor defecto y es que su fórmula narrativa de conferencia o lección magistral, aunque era lo más amena posible, corría el riesgo de suscitar el desinterés en algunos de nuestros chavales (los más pequeños) por la forma de plantear el tema. La forma se parecía demasiado a lo que están hartos, una clase dada por un profesor. No obstante, a otros (la mayoría de los más mayores del grupo) sí les pareció muy interesante la temática ecológica y cómo se exponía en el documental.

Quedaron muy diferenciados los dos grupos. Con los más pequeños no conseguimos del todo el objetivo de que entendieran los conceptos de cambio climático a través de la película, pero si se quedaron con cosas importantes y la mayoría, tanto pequeños como mayores, reflejaba en sus respuestas concienciación sobre el cuidado del medio ambiente y que entendían como graves los problemas del calentamiento global, la contaminación y demás. En sus respuestas reflejaban mucho la importancia del reciclaje, algo que trabajamos con ellos desde hace años, se notaba que lo tenían interiorizado y ya lo ven como algo normal que se hace a diario (separación de tipos de basura, recogida de aceite, pilas a contenedores especiales, etc.).

Incidimos sobre el ahorro energético, faceta en la que pueden mejorar y deben responsabilizarse más (no dejar luces encendidas, apagar aparatos electrónicos cuando dejan de usarlos, consumo justo de agua, etc.). Pequeñas cosas que están a nuestro alcance a diario para ayudar a tener un consumo más sotenible y que el impacto en el medio ambiente sea menos nocivo. En definitiva, claves sencillas y fáciles de hacer para reducir nuestra huella ecológica.

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